Concluye la Misión Parroquial de la Parroquia Medalla Milagrosa de Tegucigalpa (Honduras) con una peregrinación a la Catedral y una Eucaristía presidida por el Arzobispo de Tegucigalpa, Monseñor José Vicente Nacher C.M.
Después de tres semanas intensas, nos detenemos un momento para dar gracias y orar por la vida de los misioneros que han pasado por nuestra querida Parroquia.
En el marco del Año Jubilar por los 400 años de la fundación de la Congregación de la Misión, la Provincia de San Vicente de Paúl ha querido celebrarlo como mejor lo sabe hacer: siguiendo a Cristo Evangelizador, ¡evangelizando! Y lo ha hecho saliendo una vez más al encuentro del pueblo de Dios, con sencillez, entrega y alegría misionera.
Y una porción de ese pueblo es Honduras.
Estos días han sido un verdadero regalo. Misioneros que, con humildad y valentía, han venido a preparar el camino del Señor en medio de nosotros: buscando a los más alejados, encendiendo corazones adormecidos, fortaleciendo la fe de los que perseveran con esperanza. Han caminado entre nosotros sembrando la Palabra, compartiendo oración, acogiendo lágrimas, siendo testigos vivos del amor de Cristo.
Nuestra Parroquia Medalla Milagrosa y todas sus Comunidades han sido bendecidas por la presencia cercana y fraterna de Francisco y Mari Carmen, de Eva, de May, del Padre Miguel Ángel, del Padre Felipe, y, por supuesto, del Padre Isaac. Cada uno dejó una huella, un gesto, una palabra que no se olvida.
Encomendamos sus vidas y su regreso a las manos de María, nuestra Madre, para que lo vivido aquí no se quede solo en recuerdos, sino que se convierta en semilla de vida nueva allá donde estén. Que se lleven consigo un pedacito de Honduras, de nuestra tierra, de nuestra gente, y lo compartan como testimonio de lo que Dios sigue haciendo entre los sencillos.
Y mientras algunos regresan a casa, otros continúan la misión. El Padre Isaac ahora emprende camino hacia La Moskitia, tierra de esperanza y desafío, y junto a él se ha unido el Padre Samuel, para seguir llevando lo mejor que tenemos: a Cristo, el verdadero tesoro de la Iglesia.
A todos ustedes, Misioneros Vicentinos, laicos y sacerdotes, gracias de corazón. Gracias por hacernos sentir amados, por recordarnos que Dios no se olvida de nadie, y por dejar encendido en nuestras Comunidades el fuego de la fe.
Como decía san Vicente de Paúl: «Amemos a Dios, hermanos míos, pero amémoslo a nuestra costa, con el trabajo de nuestros brazos, con el sudor de nuestra frente.»
Gracias totales por su paso entre nosotros. Ya Dios se encargará de recoger los frutos. Que Él les bendiga y que la Virgen les guarde siempre.



